
Pero la región es muy peligrosa, está llena de rocas y picos escarpados, y el vehículo tendría que ser capaz de aterrizar con una precisión muy elevada (quizá en 2018). Debido al reto tecnológico que ello supone, la agencia ha empezado a otorgar contratos que evalúen esta cuestión y proporcionen una visión general de cómo debe ser la nave y su misión. La ESA ha contratado a la empresa EADS-Astrium para llevar a cabo esta tarea. Durante 18 meses, se estudiarán y probarán las tecnologías claves para que el proyecto se haga realidad.
La sonda debe tener una masa de 650-800 kg y sería lanzada por un cohete ruso Soyuz 2.1-b en 2018. Para aterrizar, la nave seguirá un esquema muy similar a las misiones Luna (Ye-8) soviéticas, pasando antes por la órbita baja lunar. Tras alunizar cerca del polo sur, llevaría a cabo múltiples estudios durante casi un año mediante varios instrumentos (cámaras, magnetómetro, retrorreflector láser, sensores de radiación, etc.). Emplearía células de combustible o baterías para la alimentación eléctrica debido a la poca iluminación solar de las regiones polares, renunciando al uso de RTGs por motivos políticos y de coste.
Recordemos que el polo sur lunar -en concreto, el borde del cráter Shackleton- es un objetivo prioritario para una hipotética base tripulada. La presencia de hielo de agua descubierta por LCROSS y la luz solar constante convierten esta zona en uno de los objetivos para muchas agencias espaciales. Aunque MoonNEXT surgió gracias al clima político de colaboración con el Programa Constellation de la NASA, parece que finalmente podría salir adelante aunque los EEUU abandonen este proyecto, lo que no deja de ser una paradoja bastante curiosa.
Fuente: http://news.google.com
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